Del estudio del termostato -u homeostato- de Ashby, y de sus propias investigaciones con máquinas autorreguladas, Wiener subraya el estrecho vínculo existente entre los procesos de feedback y la búsqueda de propósito, del cual el termostato es una forma extremadamente simple. En Pickering encontramos una sencilla descripción de dicho dispositivo:

Cada homeostato era construido de forma que si su aguja escapaba demasiado de su posición central, un relé sería activado, haciendo que el dispositivo se reconfigurara a sí mismo aleatoriamente. (1)

Es decir, la aguja del termostato está confinada al trabajo en feedback negativo (ver post anterior) (2) entre dos límites de funcionamiento. Si la aguja opera en el interior de dicho margen, el feedback tiende a llevarla a la posición central; pero más allá de los mismos, el feedback no es operativo, y la máquina entra en inestabilidad. Por ello, se hace preciso agregar a la máquina un dispositivo que desacople al sistema de su estado inestable, y lo reconduzca al equilibrio. Este trabajo es llevado a cabo por el relé.

Inmediatamente Wiener extrae la analogía biológica, asimilando este funcionamiento de feedback y propósito-corrección a la kinestesis o cinestesia. Etimológicamente, cinestesia es “sensación o percepción del movimiento” (3): denota a las sensaciones experimentadas por un individuo animal como resultado del conjunto coordinado de procesos de comunicación que tienen lugar entre todas las terminaciones y centros nerviosos del cuerpo de dicho individuo. La cinestesia proporciona al individuo dos tipos de sensibilidad: sobre su ser en equilibrio o “interoceptiva”, y sobre su ser en movimiento, postural o “propioceptiva”; es percepción del propio equilibrio y coordinación de las distintas percepciones, al tiempo que percepción unificada de su ambiente, así como de los movimientos que en él realiza el individuo (4).

La cinestesia es, por tanto, un sistema de comunicación nerviosa que pone en juego al aparato locomotor, a los sentidos y al cerebro humano a través de una lógica determinada, constituyéndose dicho sistema en coordinador de la experiencia que -en este caso- el ser humano recibe de sí mismo y de su ambiente. Frente a todas las múltiples formas de darse del ser interior y los objetos exteriores, la cinestesia organiza la experiencia humana de forma que el ser humano se percibe a sí mismo como individuo y, al tiempo, como parte de un mundo donde las multiplicidades exteriores revelan la consistencia general del todo, del mundo que a ellas las contiene. Este modo de organizar o estabilizar la experiencia ha sido tratado específicamente por varios filósofos. Kant ofrece el primero y más conocido estudio de las cinestesis y, poco antes de los trabajos de Wiener en la materia, Edmund Husserl reconoce a los mecanismos cinestésicos como procesos fundamentales de la coordinación sensorial de los individuos, procesos que, partiendo de una percepción de multiplicidades, organizan la experiencia en torno a “centros intencionales” (5) y proporcionan sensación de equilibrio y consistencia al hombre inmerso en su ambiente, u hombre-en-el-mundo. Leamos las palabras del propio Husserl sobre la cinestesia:

Previamente, nuestra mirada se había dirigido a la multiplicidad de “presentaciones” [o facetas] de una y la misma cosa […]. Pronto advertimos que estos sistemas de “presentaciones de” están a su vez relacionados con las correlativas multiplicidades de procesos cinestésicos que adquieren el peculiar carácter del “Yo hago”, “Yo me muevo” (a los que incluso el “Permanezco quieto” debe añadirse). Las cinestesias son diferentes de los movimientos del cuerpo vivo que se presentan meramente como aquellos de un cuerpo físico, mas son aun, de alguna forma, unas con ellos, perteneciendo al propio cuerpo vivo con su carácter ambivalente (cinestesis internas, movimientos externos físico-reales). Si preguntamos acerca de este “pertenecer”, advertimos que en cada caso “mi cuerpo vivo” requiere particulares y extensas descripciones, que él tiene sus peculiaridades especiales en la forma de exhibirse a sí mismo en multiplicidades. (6)

Sin embargo, esta sensación de validez y coherencia proporcionada por las cinestesis no es fija, sino que está sometida a desplazamiento y corrección, un proceso caracterizado por lo que Husserl llama “alteración de validez”:

En una percepción continua, una cosa está ahí para mí en la inequívoca certeza óntica de su inmediata presencia -aunque debo añadir: normalmente; pues sólo cuando, dado el libre juego de mis cinestesis, yo experimento “presentaciones” concurrentes como pertenecientes a ella, es entonces sostenida la conciencia de una cosa en su presencia fáctica, exhibiéndose a sí misma como tal en sus diversas formas. Pero si pregunto qué viene implicado en el hecho de que las “presentaciones de las cosas” pertenecen a las mudables cinestesis, reconozco que una oculta relación intencional “si-entonces” está funcionando aquí: las “presentaciones” deben ocurrir en cierto orden sistemático; es de esta forma que vienen dadas, en expectativa, en el curso de una percepción armoniosa […]

A menudo, sin embargo, una fractura se da en esta armonía: lo que es se transforma en ilusión o simplemente en ser-dudoso, ser-meramente-posible, ser-probable, ser-después-de-todo-no-completamente-ilusorio, etc. La ilusión es deshecha a través de la corrección, a través de un cambio en el sentido en que la cosa había sido percibida. (7)

En el termostato de Ashby, el relé reconoce el estado de inestabilidad y genera salidas aleatorias hasta conseguir confinar de nuevo a la aguja entre sus márgenes de operación; funciona como nuestra intuición cuando tratamos de corregir, palpando a tientas, el camino en la oscuridad. En cambio, un termostato sin relé funcionaría, según Wiener, como el enfermo de tabes dorsal. Este síndrome, producido por la sífilis, supone la incoordinación motora o cinestésica. Como consecuencia, un enfermo de tabes no podrá agarrar fácilmente un lápiz, por ejemplo; y si yerra el primer intento, se verá incapacitado para atinar los siguientes, e incluso oscilará cada vez más lejos respecto de la posición del lápiz (8). Es decir, el sistema cinestésico del enfermo de tabes es incapaz de alterar la validez de sus resultados (maniobras) subsiguientes a partir de los resultados anteriores. Como explica Wiener, sus cinestesis adolecen de un feedback adecuado y, al entrar en inestabilidad el sistema, las oscilaciones crecen fuera del control del individuo, haciendo la vuelta a la estabilidad imposible (a diferencia de los ataques epilépticos, por ejemplo, donde la inestabilidad es sólo transitoria). Diríamos que el individuo con tabes vive, permanentemente, a tientas en una oscuridad impenetrable; su mundo percibido es, en cierto sentido, completamente ilusorio, pues es incapaz de lograr centrar y dar unidad operativa a sus percepciones de forma armónica y estable.

Debemos ahora hablar de la lógica sensorial que consigue realizar lo que venimos denominando cinestesis. Habíamos de suponer, por nuestra propia experiencia y tras leer este extracto de Husserl, que los diferentes sentidos, centros de recepción nerviosa y de organización de la locomoción funcionan de forma coherente, estable y coordinada. Pues ellos nos muestran esas multiplicidades externas e internas como surgidas de algo consistente, algo que definitivamente es. Esta organización de las percepciones es descrita por Wiener en el transcurso de sus investigaciones neurofisiológicas como un proceso de sincronización o correlación de frecuencias distribuidas. Es decir, los diferentes sistemas de comunicación nerviosa aparecen como una distribución uniforme de frecuencias que, en el ser humano, se aloja alrededor de la banda de 1/10 segundos (o diez ciclos/segundo), que es el ritmo alfa del cerebro.

Este es un dato de importantes consecuencias ontológicas. El ritmo alfa del cerebro es algo así como una “frecuencia de barrido” que lleva al cerebro a recibir y enviar impulsos aproximadamente cada 0.1 segundos. El cerebro se nos aparece como un resonador que funciona a un cierto ritmo. Pero el aspecto clave es que, lejos de ser lograda esta sincronización o correlación a través de la imposición de un patrón frecuencial procedente de un organismo central, (por ejemplo, el propio cerebro) la sincronización ocurre a través de la interacción entre ritmos diferentes procedentes de subsistemas nerviosos diferentes:

Consideren la posibilidad de que el cerebro contenga un número de osciladores de frecuencias cercanas a 10 ciclos por segundo, y que dentro de ciertas limitaciones estas frecuencias puedan ser atraídas las unas hacia las otras. Bajo tales circunstancias, las frecuencias pueden ser empujadas hacia macizos o núcleos, al menos en ciertas regiones del espectro. Las frecuencias que son empujadas hacia dichos núcleos tendrán que haber sido arrancadas de alguna parte, originando así vacíos en el espectro, donde la potencia es menor de la que podríamos esperar de otra forma. Que un fenómeno tal pueda tener de hecho lugar en la generación de ondas cerebrales en el individuo […] es sugerido por la abrupta caída de la potencia en frecuencias superiores a los 9.0 ciclos por segundo. […]

El agrupamiento de estas oscilaciones “de corto recorrido” hacia una oscilación continua ha sido observado en otros ritmos corporales, como por ejemplo el ritmo diurno de aproximadamente 23.5 horas que es observado en muchos seres vivos. Este ritmo es capaz de ser empujado al ritmo diurno-nocturno de 24 horas en función de los cambios en el ambiente externo. (9)

Lo que Wiener está presentando aquí es, como hemos dicho, una teoría ontogenética parcial, o lo que es lo mismo, la descripción de un mecanismo de constitución de procesos vitales. Según Wiener, las cinestesis del individuo operan a partir de la sincronización de ritmos de funcionamiento de subsistemas perceptivos diferentes, con ritmos diferentes. Se trata de un proceso de asimilación mutua, por el que dichos subsistemas perceptivos independientes abandonan su frecuencia de funcionamiento para cooperar con otros, constituyendo una unidad mayor. Esta es la organización de un resonador: un dispositivo que empuja las frecuencias de funcionamiento de diferentes subsistemas hacia una frecuencia central donde se acumula la potencia total del sistema en coordinación, dando lugar al funcionamiento conjunto del sistema en torno a dicha frecuencia central. Pero si entendemos como tal dispositivo resonador al cerebro, entonces éste se nos aparece como lugar de la sincronización, no centro que activamente sincroniza; centro para la resonancia de sistemas independientes en coordinación, y no centro activo y jerárquico que somete a los subsistemas a una frecuencia prefijada (como ocurriría, por ejemplo, con el alma o con una glándula pineal cartesiana).

Podríamos concluir al respecto que la condición de funcionamiento del sistema consiste en operar en torno a una frecuencia central, y no más allá de cierta frecuencia de corte (que, en el caso del sistema nervioso serían, respectivamente, 10 y 9 ciclos por segundo). Se entiende entonces que las enfermedades como la tabes dorsal consisten en un desacoplamiento de los subsistemas respecto de esta pauta de funcionamiento: falla, en alguno o en varios puntos, el feedback que mantiene a los diferentes subsistemas perceptivos ligados a dicha pauta; al ocurrir esto, el subsistema particular entra en inestabilidad, pudiendo arrastrar a los otros subsistemas consigo. Digamos, pues, que se rompen las reglas del juego, y además de una forma irreversible.

Esto en lo tocante a la construcción de las cinestesis, o sistema de coordinación de percepciones, de un individuo. Pero uno no construye su experiencia de forma aislada. En efecto, nuestras percepciones son mediadas a través de nuestro entorno; constantemente, la validez de las mismas es alterada en el contacto con los otros. Las percepciones son intercambiadas, negociadas, impuestas, desmentidas. Así lo explica Husserl:

[A]l vivir los unos con los otros cada uno puede tomar parte en la vida de los otros. Así, en general el mundo existe no sólo para los hombres aislados, sino para la comunidad de hombres; y esto es debido al hecho de que se comunaliza incluso lo que es directamente perceptual.

En esta comunalización, también, se da constantemente una alteración de validez a través de la corrección recíproca. En la comprensión recíproca, mis experiencias y adquisiciones experienciales entran en contacto con las de otros, de forma similar al contacto entre las series individuales de experiencias dentro de mi propia vida experiencial; y aquí de nuevo, en la mayoría de los casos, se da una armonía intersubjetiva de la validez, [que establece lo que es] “normal” con respecto a detalles particulares, y por tanto una unidad intersubjetiva sobreviene también entre la multiplicidad de valideces y sobre lo que es válido a través de ellas; aquí de nuevo, asimismo, aparecen discrepancias intersubjetivas con notable frecuencia; pero entonces, tanto si es de muda voz e incluso inadvertida, como si es expresada a través de la discusión y la crítica, una unificación acaece o al menos es cierta de antemano como posiblemente asequible para todos. Todo ello tiene lugar de tal forma que en la conciencia de cada individuo, y en la consciencia de la comunidad omniabarcadora que ha crecido a través del contacto social, uno y el mismo mundo alcanza y continuamente mantiene validez constante como el mundo que es, en parte, realmente experimentado y, en parte, horizonte abierto de posibles experiencias para todos; ése es el mundo como el horizonte universal, común a todos los hombres, de todas las cosas realmente existentes. (10)

De ello se infiere que el mecanismo de funcionamiento del resonador, postulado por Wiener como modelo para la comprensión del mecanismo coordinado de las cinestesis del individuo, sigue unas leyes muy similares a las del mecanismo de formación de la opinión en el nivel intersubjetivo, que se desencadena en el seno de la comunidad. Las cosas se nos presentan inicialmente en su más exuberante multiplicidad; son primeramente filtradas y organizadas por el individuo, según un esquema coordinado de percepciones provinientes de diferentes sistemas que funcionan sincronizados en torno a una frecuencia central y no más allá de una frecuencia de corte; y posteriormente, estas percepciones son puestas en común siguiendo una regla cibernética, de feedback y corrección. De este modo, uno no es libre de opinar lo que desea, como se puede llegar a creer con total naiveté; tampoco percibe las cosas, simplemente, según sus sentidos o su entendimiento le dictan, sino que esta opinión viene modulada por la interacción social. El efecto de la opinión pública es, por tanto, arrastrar las “frecuencias” (opiniones y deseos individuales) hacia una frecuencia central, en torno a la cual se crea un territorio de opinión normativa, pública, que contiene las percepciones y opiniones más próximas a las que la comunidad perceptiva siente como “normales”. Pero la opinión absolutamente normal, la frecuencia central, no tiene por qué ser ocupada por nadie. De hecho, ocurre precisamente que la experiencia cambia de estatus, y pasa a ser considerada, según Husserl, “apariencia de”:

Si uno atiende a la distinción entre las cosas como “originalmente propias de uno” y como “empatizadas” desde los otros, respecto del cómo de las maneras de apariencia […], entonces lo que uno realmente experimenta originaliter [genuinamente] como una cosa perceptual es transformado, por cada uno de nosotros, en una mera “representación de”, “apariencia de” la cosa objetivamente existente. Desde dicha síntesis, las cosas han tomado precisamente el nuevo sentido de “apariencia de”, y como tales ellas son válidas en lo subsiguiente. “La cosa en sí” es, de hecho, lo que nadie experimenta como realmente visto, puesto que siempre está en movimiento, siempre, y para todos, como una unidad de conciencia acerca de la infinitamente abierta multiplicidad de experiencias cambiantes y cosas experimentadas, por uno mismo y por otros.(11)

La representación es, por tanto, un lugar vacío, o virtual, que sirve de referencia para las opiniones individuales, a las que invita y atrae sobre sí. El centro de opinión, la opinión pública, es entonces el atractor o “representante” de la comunidad: su “fuerza atractiva” es inherentemente conservativa, y no consiste en otra cosa que en el propio deseo de pertenencia a la comunidad, conjugado y en constante interacción con los deseos individuales. Ella, la opinión pública, se erige en el elemento básico y determinante en una organización social. Existe en toda comunidad, como cristalización primera del deseo de creación de la misma: como ponía de relieve Ortega (12), el resto de eventuales instituciones, interacciones y costumbres sociales no son sino aditamentos que canalizan, refuerzan, deforman, alteran o imponen dicha opinión pública, en relación a fines perseguidos – por la comunidad en su conjunto, como agregado de los fines perseguidos por los individuos que la constituyen. La opinión pública, orientada a fines y deseos creados colectivamente, es la forma desnuda de toda organización social.

Este centro normativo es, en origen, de todos y de nadie, y su emergencia implica la creación de una región de estabilidad, que alcanza hasta lo que podemos llamar una frecuencia de corte social. Esta región de estabilidad tiene las características, por tanto, de un territorio, con un punto clave central y unos límites o membrana en su derredor. ¿No podríamos llamar a este centro “valores y creencias comunitarios”, dado que son ellos la referencia y el punto de partida de la vida comunitaria? Y a esa frecuencia de corte, a esa región limítrofe, ¿no cabría llamarla territorio normativo? Pues es cuando un invididuo o una parte de la comunidad están más allá de la moral, o más allá de la ley, que él o ellos ponen en peligro al destino comunitario y, por supuesto, a sí mismos.

Llevando el funcionamiento elemental del sistema nervioso a una analogía con los sistemas sociales, como hemos visto con Husserl y veremos próximamente con Bateson o Simondon, ¿no se nos muestra el cerebro como el lugar de un vacío de poder (centro de reunión inter pares) para la construcción de la opinión personal? ¿No parece el cerebro la imagen perfecta del ágora, de la plaza? ¿Y no se ve la plaza, mucho más claramente ahora, como el centro de la actividad nerviosa y comunicativa de la ciudad, de la construcción de la opinión pública, y respecto de la cual los centros administrativos físicos como el palacio o el ordenador central son deformaciones ulteriores, en todo punto artificiales y quizá innecesarias? ? Tantas veces se llamó a la plaza del pueblo “el centro neurálgico” de la ciudad: ¿no contenía esta denominación una verdad social, de manera que toda otra forma histórica del socius se nos revela como deformación y perversión de la más elemental?

En otro pasaje, Wiener habla de la construcción de generadores de frecuencia virtuales a partir de generadores individuales funcionando en paralelo:

Históricamente, es interesante que en los días tempranos de la ingeniería con corriente alterna, se dieron intentos de conectar sistemas de generadores en serie, en lugar de en paralelo. Se encontró que la interacción de los generadores individuales en frecuencia daba lugar a una repulsión, en vez de una atracción. El resultado era que tales sistemas eran terriblemente inestables  a menos que las partes rotatorias de los generadores individuales fueran conectadas rígidamente a través de un mango o de engranajes. Por emplear una analogía biológica, el sistema paralelo tenía una mejor homeostasis que el sistema serie, y por lo tanto sobrevivió, mientras que el sistema serie se eliminó a sí mismo por selección natural. (13)

Tendríamos que explorar la validez de una posible analogía que, como inmediata consecuencia de esta conclusión de Wiener, estableciera la superioridad, para fines de preservación biológica, de un sistema social diseñado “en paralelo”, respecto de otro diseñado “en serie”. Pues, en efecto, nos parece demasiado tentador identificar la conexión en serie con un sistema de organización vertical, gobernado por el primer elemento en serie y necesitado de la adición de elementos autoritarios o disuasorios para funcionar, por oposición a un sistema de organización horizontal fundamentado en el principio de isonomía democrático, que emplaza el poder social en el centro de todos los ciudadanos sin necesidad de adiciones incómodas para funcionar de forma suave y armoniosa. Poder que sería de todos y de nadie, y que se señalaría como el lugar destinado a no ser ocupado por ninguna persona u organización concreta.

Naturalmente, estas consideraciones nos llevan a hacernos preguntas sociales y políticas de toda índole, y a realizar interpretaciones de los fenómenos más controvertidos, de las cuales sólo unas pocas tienen cabida en el estrecho formato que propone un blog. Por ejemplo, ¿no se nos revelan ahora el emperador, el presidente de gobierno o el gerente de la empresa como reificaciones de un gobernador virtual que, en todo caso, introducen redundancias en un sistema social? ¿Qué distorsiones produce la introducción en el sistema de tal elemento físico, de un gobernador hecho carne, que funciona conectado en serie a un ejército o a una máquina burocrática? ¿De qué forma participa adecuadamente una persona en la lucha por el poder? Si uno tiene la ocasión de comunicarse mediante un sistema inter pares no mediado, en su absoluta pureza y desnudez, cual es la conversación entre iguales en una red social, o de forma más especial la relación amorosa o de amistad, ¿no experimenta con total lucidez la inmensa fuerza de este mecanismo de resonancia social? Así ocurre, de hecho, y tanto que, cuando en virtud de la imposición de un esquema serie, el esquema natural en paralelo se nos niega o queda obstruido, la frustración de quien se comunica puede llegar a ser máxima. Y, sin embargo, nos emocionamos de forma particular al leer los textos de Habermas o Castells, que entonan una plegaria a este modo de comunicación inter-subjetiva, en paralelo o en red: no puede ser de otro modo, pues ellos descubren la realidad última del trato comunitario; trato que, en su forma original, ha de desplegarse uniformemente entre los ciudadanos, extasiándolos en su búsqueda de la resonancia social. Y éste es, asimismo, el poder de convicción que destilan algunas doctrinas morales o religiosas. El esquema de comunicación en que cada invididuo se representa a sí mismo en una red, libre cada uno de distorsiones y redundancias, es soñado por muchos con la nostalgia que se siente hacia el feliz pasado arcaico y, al tiempo, con la esperanza que brilla en la promesa de futuro; promesa cuyo cumplimiento parece inevitable a la luz de las últimas tecnologías de comunicación.

Pero, ¿y si no tuviéramos razón? ¿Y si el tránsito natural de los organismos sociales, desde la banda al poblado, del poblado a la ciudad y al Imperio, del Imperio al Reino y al gobierno liberal, y de éstos a la sociedad red, no fuera tan natural? ¿Y si dicho tránsito fuera obstaculizado indefinidamente por determinadas fuerzas de reacción, fuerzas que se sirven de organismos y tecnologías de todo tipo para preservar a la sociedad de la germinación de las redes abiertas? También cabría esperar, por ejemplo, que tal tránsito no se detuviera en una sociedad-red como la descrita, sino que prosiguiera sin descanso, alcanzando formas quizás no tan seductoras. ¿Estamos apostando todas nuestras cartas a la sociedad-red como efectuación de una especie de parusía cristiana? Es preciso desentrañar el papel de las tecnologías de la comunicación, como el de otras tecnologías, en la construcción y modelado de los sistemas sociales: estudio al que nos debemos y que emprenderemos próximamente.

Por otra parte, ¿no existe un mecanismo de auto-censura en toda sociedad? ¿Contra qué? Evidentemente, contra el ruido; todas las sociedades centralizan la información y crean un territorio de normatividad para oponerse a la fuerza entrópica que, en comunicación, identificamos con el ruido. La comunidad es un lugar de creación de orden, y como tal excluye estados de sus componentes (individuos miembros) que podrían hacer tambalear los cimientos del edificio comunitario. Hemos de ver, por tanto, la moral como cinturón de seguridad que la comunidad construye a los individuos para prevenir a la comunidad de un ruido insoportable. Lo cual, como es lógico, no significa ni mucho menos que las comunidades sean estáticas. Las formas de equilibrio comunitario son muchas, y sólo algunas adquieren una apariencia relativamente estática.

Tomemos por ejemplo a una comunidad pequeña, cerrada y tradicional, relativamente estática: como toda otra, esta comunidad levanta un foso en torno a sus valores básicos – su normatividad moral, que emplaza los límites de lo insoportable, y crea inhibiciones y prohibiciones a sus individuos. Esta auto-censura puede adquirir una forma “fortificada” en tanto que dicha comunidad está muy cerrada a otras culturas. Se puede hablar entonces de un secreto, un núcleo de experiencias y presunciones sobre el mundo que es compartido por todos los miembros de la comunidad, pero que se muestra impenetrable a los ojos del extraño.

En cambio, en comunidades menos ideales y más complejas como las nuestras, el secreto prolifera, levantando barreras y creando sub-comunidades especializadas, más o menos cerradas, que funcionan con diferentes ritmos y territorios (logias, sectas, intelligentzia gubernamental, etc.). Y hasta tal punto el ritmo y el territorio, en constantes interacciones de exclusión, superposición y fusión, son elementos fundamentales de la construcción de cualquier comunidad biológica, que hemos llegado, con estos términos, a entender la filosofía de Deleuze: es el deseo, elemento central del devenir vital y social, quien ha de ser codificado en ritmos y territorios. Sólo esto necesitamos entender provisionalmente: existen ritmos y territorios en las sociedades como respuesta codificada de los deseos individuales y colectivos. Y pertenece al poder determinar cómo se codificarán dichos deseos. Hasta tal punto es éste el núcleo del pensamiento social, que según Deleuze el único problema social consiste en cómo codificar el deseo. Pues éste ha de ser codificado de una forma u otra, el deseo social siempre aparece codificado: antes se encuentra un deseo codificado como fascista, que un deseo descodificado (14).

¿Qué es entonces la resonancia o sincronización de frecuencias, sino un mecanismo que, en lo social, produce codificaciones del deseo desde centros u órganos de poder, y de forma mediada a través de diferentes tecnologías e instituciones? Tecnologías que pueden disciplinar o liberar, como las que examina tan amplia y bellamente Foucault (15); pero también fortalecer vínculos, abrir o cerrar comunidades, crear secretos o revelarlos, emplear fuerzas naturales para satisfacer deseos codificados colectivamente, organizar ritmos y territorios de distintas formas.

Las tipologías tecnológicas revelan, a través de los mecanismos de resonancia social, la salubridad de una sociedad en el terreno afectivo y moral, y lo hacen a través de su gestión de los deseos, es decir:  a través de la codificación del deseo en ritmos y territorios. Una sociedad abierta, como pretende ser la sociedad liberal, codifica su deseo en la multiplicación y liberación de los ritmos y territorios, en la apertura del espacio moral, en los imperativos de la tolerancia, la diversidad y la igualdad: su ideal es el filtro de transmisión que deja pasar todo.

Pero, evidentemente, este proyecto genera tensiones territoriales y rítmicas. El ruido aparece por todas partes como multiplicación de mensajes, que dificultan una comunicación homogénea como la exigida por el aparato de Estado (el poder ocupado por un ente central). Se hacen entonces precisos los filtros sociales: de aquí el éxito del aparato técnico-industrial capitalista, empleado por el Estado para satisfacer todas las necesidades imaginables, atenuando así las potencias de deseo. No siendo esto suficiente en muchos casos, se precisa además un aparato disciplinario; de un modo u otro, toda sociedad necesita homogeneizar, controlar sus territorios, marcar sus frecuencias de corte. Y la sociedad que más lo necesita es aquella que contiene elementos centrales rígidos, aquella que quiere constituirse en centro absoluto, con fronteras concretas y estables. El poder central no interactúa, como los resonadores; no quiere desplazarse. Es una suerte de agujero negro de lo social: en tanto que el tamaño del complejo de poder crece, él se hace más rígido y más y más supedita la sociedad que gobierna a su auto-conservación. El poder central obstaculiza y distorsiona, aporta rigidez a un sistema cuyo origen y destino consiste en su flexibilidad, su capacidad de interactuar y desplazar sus límites constantemente.

En este post hemos ilustrado y dado concreción a las conclusiones de Norbert Wiener en torno a los mecanismos de feedback y propósito-corrección. Hemos mostrado cómo su comprensión de las cinestesis como resultado de procesos vinculados a la sincronización y correlación de frecuencias, y a lo que se denomina resonancia, admite una analogía con la comprensión que Husserl y Deleuze tienen de los mecanismos de codificación del deseo y de conformación de la experiencia comunitaria. Y hemos discutido problemas asociados a esta comprensión, realizando preguntas que irán siendo discutidas en los próximos textos.

La pretensión de validez de estas analogías se funda en el paradigma del pensamiento de la teoría de sistemas que, como veremos, lleva a Ludwig von Bertalanffy a admitir el isomorfismo entre leyes de diferentes áreas de la ciencia (16). Este isomorfismo, a su vez, no está apoyado en el simple deseo de ligar resultados matemáticos y empíricos de unas áreas a suposiciones o interpretaciones en terrenos donde las leyes matemáticas no encuentran una fácil formulación, como es el caso de las ciencias sociales; al contrario, es el resultado tangible de un principio ontológico fundamental, que Gilbert Simondon denomina operación transductiva, y que describe como

[…] una operación, física, biológica, mental, social, por la cual una actividad se propaga cada vez más al interior de un dominio, fundando esta propagación sobre una estructuración del dominio operada de lugar en lugar: cada región de estructura constituida sirve a la región siguiente de principio de constitución, si bien una modificación se extiende progresivamente al mismo tiempo que esta operación estructurante. (16)

Ahora estamos preparados para sumergirnos en el pensamiento de Gregory Bateson quien, como pretendemos hacer nosotros, establece relaciones entre campos científicos aparentemente distantes, haciendo uso de un pensamiento transductivo con el objeto de teorizar sobre problemas sociales, antropológicos o psicológicos que nos parecerían muy difíciles de resolver de otra forma. Veremos, en particular, el tratamiento etnológico que Bateson realiza de la sociedad balinesa, a la que compara con las sociedades occidentales según conceptos y criterios heredados de la cibernética o la teoría de juegos .

BIBLIOGRAFÍA:

(1) PICKERING, Andrew. Cybernetics and the mangle. University of Illinois, 2002.

(2) https://misinvestigacionessts.wordpress.com/2012/05/14/139/

(3) http://lema.rae.es/drae/?val=cinestesia

(4) WIENER, Norbert. Cybernetics or Control and communication in the animal and the machine. 2ª edición. Massachussets Institute of Technology, 1961.

(5) HUSSERL, Edmund. The Crisis of European Sciences and Transcendental Phenomenology. 4th edition. Northwestern University Press, 1978.

(6) Ibid., p. 161

(7) Ibid., p. 162.

(8) WIENER, Norbert. Cybernetics or Control and communication in the animal and the machine. 2ª edición. Massachussets Institute of Technology, 1961.

(9) Ibid., pp. 199-200.

(10) HUSSERL, Edmund. The Crisis of European Sciences and Transcendental Phenomenology. 4th edition. Northwestern University Press, 1978. pp. 163-4.

(11) Ibid., p. 164.

(12) ORTEGA Y GASSET, José. La rebelión de las masas. Alianza Editorial, 1978.

(13) WIENER, Norbert. Cybernetics or Control and communication in the animal and the machine. 2ª edición. Massachussets Institute of Technology, 1961. p. 201.

(14) DELEUZE, Gilles y GUATTARI, Felix. Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. 5ª edición. Valencia: Pre-textos, 2002.

(15) FOUCAULT, Michel. Vigilar y Castigar. Madrid: Siglo XXI Editores, 2008.

(16) Von BERTALANFFY, Ludwig. Teoría General de los Sistemas. 5ª edición. Fondo de Cultura Económica de México, 1986.

(17) SIMONDON, Gilbert. La inviduación a la luz de las nociones de forma y de información. Buenos Aires: Ediciones La Cebra y Editorial Cactus, 2009. p.38

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Acerca de Jose Carlos Cañizares

Jose Carlos Cañizares es filósofo e ingeniero de telecomunicaciones. Interesado en trazar caminos entre ambas disciplinas, hace un año concibió este blog como parte de un proyecto a largo plazo en el que desea organizar un análisis exhaustivo, interdisciplinar y lo más objetivo posible sobre la ciencia y la tecnología -más allá de lo estudiado en las escuelas y academias técnicas tradicionales. Este enfoque viene a caer dentro de lo que en Estados Unidos se denomina STS (Science, Technology & Society), un área de estudios reglada, relativamente moderna y de prestigio creciente. Con esa idea como trasfondo, viene investigando de forma independiente (también puede decirse: en la sombra) y ahora se decide a publicar los primeros resultados de esta investigación. Espera atraer a otros colegas investigadores en la materia y generar estudios de interés para universidades y para la sociedad en general. En última instancia, su trabajo en SeC y en Ecologías Tecnhohumanas debería también servir como portfolio a considerar para futuras solicitudes de ingreso en programas de STS (sean de postgrado o máster) en universidades internacionales. Pero sobre todo, espera seguir trabajando con mucha ilusión y aumentar y mejorar su producción gracias al esfuerzo diario. Además, Jose Carlos escribe ensayos, aforismos y poemas para la revista de vanguardia http://www.homovelamine.com/

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