A la hora de discutir sobre la relación entre límite y tecnología, una de las piedras de toques fundamentales se encuentra en las tesis de Marvin Harris, que en “Caníbales y reyes” da un paso decisivo al vincular el desarrollo tecnológico a la problemática maltusiana. De acuerdo con Harris,

Las tecnologías de culturas anteriores  fracasaron repetidas veces y fueron reemplazadas por nuevas tecnologías. Los límites de crecimiento fueron alcanzados y trascendidos para ser alcanzados y trascendidos una vez más. Una gran parte de lo que consideramos progreso contemporáneo es en realidad una recuperación de niveles que ya se gozaron plenamente durante épocas prehistóricas (1).

Según la teoría de Marvin Harris, desde tiempos antiguos hemos observado una creciente centralización del poder: esto es inmediatamente visible tanto en un sentido global como en la mayoría de las naciones y organismos públicos y privados. Por otra parte, las civilizaciones que han debido afrontar límites maltusianos de eficiencia decreciente se han visto forzadas a elegir entre la aplicación de una “intensificación tecnológica” que les empuje a trascender sus límites, o a seguir una táctica o estrategia de decrecimiento, lo que significa ajustarse a dichos límites.

Siguiendo la terminología de Mumford, el diagrama de abastecimiento económico se puede resumir en las fases lineales y sucesivas de conversión-producción-consumo-creación (2). Una intensificación tecnológica conseguiría aumentar la cuota de conversión energética (de la naturaleza al hombre) en paralelo a la cuota de producción y con el objeto de satisfacer demandas crecientes de necesidades (consumo), lo que podría conducir a un colapso en el caso de que la productividad y la eficiencia no pudieran ser elevadas; mientras que un esquema de decrecimiento trataría de normalizar la producción redistribuyendo el consumo racionalmente y evitando tensionar las fuerzas productivas, al tiempo que facilitando la cobertura global de las necesidades más básicas.

Una peculiaridad del proceso de intensificación tecnológica es que reproduce y amplía la configuración social preexistente: en una sociedad de poder económico y político distribuido, tenderá a elevar uniformemente los niveles de acceso al poder liberado (poder de conversión, poder de producción y consumo); en una sociedad con una característica poco igualitaria conducirá inevitablemente a la centralización de poder, al modo de los filtros electrónicos de corte de frecuencia y amplificación cuadrática: corte de suministro en frecuencias con bajos recursos, multiplicación de recursos en frecuencias centrales. Según Marvin Harris, esta centralización de poder es además coextensiva a un ethos expansivo o guerrero, que cabalgaría sobre la historia trascendiendo límites maltusianos a golpe de invasión, saqueo, estratificación social y eliminación de excedentes (rivales por los recursos), una práctica que por supuesto parece de lo más natural a quienes, en biología, sólo reconocen la competición como modo de proliferación de los organismos. Estos llegan a atreverse a llamar “egoístas” a los genes, entendiendo el “altruismo” como consecuencia derivada del egoísmo primigenio, sin entender que la sola atribución de tales adjetivos ya enturbia el entendimiento de procesos que, lo quieran o no estos biólogos, son en último término codeterminados, faz y reverso del superior y más complejo devenir conjunto de la vida (3).

Sea como fuere, si seguimos los criterios deterministas de Harris, la globalización puede ser vista como el resultado lógico de sucesivas intensificaciones tecnológicas, crecientemente aceleradas bajo el signo del sistema de producción capitalista y marchando hacia el encuentro final de los límites maltusianos con los límites físicos de la Tierra. Prolongando el razonamiento, Harris observa que

hoy podemos ver cómo la tecnología ganó terreno en la carrera contra la intensificación. el agotamiento y el descenso del rendimiento. El mundo industrial utilizó una enorme provisión nueva de energía barata al mismo tiempo que fue capaz de distribuir esa bonanza entre una población que aumentaba a un nivel inferior al de su potencial reproductor. Pero la carrera está lejos de haber concluido. La ventaja puede ser sólo provisional. Estamos empezando a comprender lentamente que un sometimiento a máquinas que funcionan con combustibles fósiles es un profundo compromiso con el agotamiento, el menor rendimiento y las tasas descendentes de beneficio (4).

Esta advertencia nos es ya muy familiar, pues en su versión más popular supone uno de los argumentos habituales de la crítica al desenfreno capitalista. Sería, de hecho un interesante ejercicio el de preguntarse si los límites actuales de desarrollo del hombre serán definitivos, o si pueden ser trascendidos por el capitalismo o cualquier otro tipo de civilización humana. Pero en este texto no discurriremos más sobre esta línea crítica: lo que aquí nos interesa advertir es que hay, como hemos justificado, fuertes vínculos entre tecnología y límite, o más bien entre un cierto tipo de usos de la tecnología, a saber, aquellos en la dirección de una intensificación productiva, y el concepto clásico de hybris. Mas, según cierta interpretación de este problema, ello no debe asustarnos, pues

Todo nuestro ser moderno, en cuanto no es debilidad, sino poder y consciencia de poder, se presenta como pura hybris e impiedad (…). Hybris es hoy toda nuestra actitud con respecto a la naturaleza, nuestra violentación de la misma con ayuda de las máquinas y de la tan irreflexiva inventiva de los técnicos e ingenieros […] (5)

Es decir, admitiendo la visión nietzscheana del superhombre trágico como agente superador de cualquier equilibrio o complejo de debilidad, podríamos recuperar la famosa frase de Hölderlin

Mas donde hay peligro, crece también lo salvador (6)

y, contra la interpretación conservadora de Paul Virilio (muy similar a la de Heidegger), que más bien tiende a invertir los términos (Mas donde está lo salvador, crece también el peligro), afirmar sin reparos  y con osadía

El peligro es lo salvador.

Pero, ¿no estaríamos con ello negando la dimensión del desarrollo tecnológico que conduce precisamente a la armonización de la propia tecnología con el medio ambiente y con el hacer humano, aquella que Mumford calificaría como “cualidad neotécnica” y que Gilbert Simondon establece como inevitable en el proceso de “concretización” de las máquinas?

Paul Virilio o Herbert Marcuse apuntaron en varias ocasiones que no es posible analizar la tecnología como un conjunto de productos separados de la cultura humana, como si fuera neutral en todo orden. Contra los tecnólogos y tecnócratas fundamentalistas que afirman la imparcialidad de la tecnología, y contra las opiniones tecnófobas sobre su innata perversidad, declararemos que, en efecto, cada tecnología tiene su propia ecología y política desde su concepción y diseño, y que, siendo producto del hacer humano, albergará valores humanos concretos. Valores que pueden resultar coincidentes con la propia evolución natural del objeto técnico particular, y por tanto positivos para los hombres y el objeto mismo; o también valores en extremo contradictorios con la mejora del objeto y su función en su ambiente complejo de funcionamiento; valores que pueden incluso llegar a ser deformados en el sentido de contravenir las indicaciones que la propia tecnología sugiere en su perfeccionamiento (o concretización).

Podríamos entonces plantearnos si las tecnologías pueden ser evaluadas en las fases concretas de su proliferación (concepción, diseño, producción, mejora, consumo) con el objeto de despojarlas de contenidos y formas afines a prácticas totalitarias o de dominio sobre la sociedad y los individuos, a planes de destrucción medioambiental incontrolada, etcétera. En este sentido, el análisis de los objetos técnicos practicado por Gilbert Simondon nos proporciona un valiosísimo punto de partida, así como varias herramientas, hacia un estudio desprejuiciado y riguroso de la tecnología.

BIBLIOGRAFÍA:

(1) Harris M., Caníbales y Reyes. Los orígenes de la cultura. Salvat ed., Barcelona, 1986, p.3.
(2) Mumford L., Técnica y Civilización. Alianza Universidad, Madrid 1982.
(3) Dawkins R., El gen egoísta. Salvat ed., 2ª edición, Barcelona 2000.
(4) Harris M., Caníbales y Reyes. Los orígenes de la cultura. Salvat ed., Barcelona 1986, p.126.
(5) Nietzsche F., La genealogía de la moral. Alianza, Madrid 1972, p. 131.
(6) Virilio P., El cibermundo, la política de lo peor. Teorema, Madrid 1996,

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Acerca de Jose Carlos Cañizares

Jose Carlos Cañizares es filósofo e ingeniero de telecomunicaciones. Interesado en trazar caminos entre ambas disciplinas, hace un año concibió este blog como parte de un proyecto a largo plazo en el que desea organizar un análisis exhaustivo, interdisciplinar y lo más objetivo posible sobre la ciencia y la tecnología -más allá de lo estudiado en las escuelas y academias técnicas tradicionales. Este enfoque viene a caer dentro de lo que en Estados Unidos se denomina STS (Science, Technology & Society), un área de estudios reglada, relativamente moderna y de prestigio creciente. Con esa idea como trasfondo, viene investigando de forma independiente (también puede decirse: en la sombra) y ahora se decide a publicar los primeros resultados de esta investigación. Espera atraer a otros colegas investigadores en la materia y generar estudios de interés para universidades y para la sociedad en general. En última instancia, su trabajo en SeC y en Ecologías Tecnhohumanas debería también servir como portfolio a considerar para futuras solicitudes de ingreso en programas de STS (sean de postgrado o máster) en universidades internacionales. Pero sobre todo, espera seguir trabajando con mucha ilusión y aumentar y mejorar su producción gracias al esfuerzo diario. Además, Jose Carlos escribe ensayos, aforismos y poemas para la revista de vanguardia http://www.homovelamine.com/

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